Traductor

Traductor cobarde. En la puerta del colegio estaban los niños que querían ser delanteros. El del pelo largo que hacía reír a la maestra y se sentaba a mi lado tenía todo el futuro por delante, con ese desparpajo y esa valentía. Traductor frívolo. Qué seriedad aquella de la que quería ser cirujana, cuyo objetivo no era nada menos que el de sanar los órganos, apartar lo moribundo; o la de aquella que (no lo sabía aún pero ya entonces) soñaba una beca Fulbright, para los Estados Unidos de América, para ser física o química y cambiar los cuerpos y las materias de las cosas. Traductor invisible. No quería ser bombero o policía o concejal, oficios impepinables, de carne y hueso, que todos podíamos mirar o admirar en las calles, cuando las procesiones o los desfiles. Traductor por descarte, por aburrimiento, por indicación de aquellos que tenían profesiones más cristalinas. Traductor el niño responsable. Traductor el niño que no sabe lo que quiere. Pero, también, traductor por decisión propia, por rebeldía. Traductor que iba a hacer visible lo invisible, lo ajeno, lo extranjero. Pero, también, traductor importante, sin el cual los estudios de las materias y las cosas permanecerían a años luz, en países tan lejanos como los Estados Unidos de América; sin el cual no llegarían hasta nosotros los manuales para sanar los cuerpos, las noticias deportivas que pueden salvarte el día, sanarte el espíritu. Y, cómo no, traductor valiente. Yo era el niño ese que, sobre todo, quería ser valiente.

ehu_logoa_1

Hoy empieza un nuevo curso, un reto nuevo.

El intruso

Como Murakami, de vez en cuando salgo a correr. Son momentos siempre placenteros, tanto los que vivo en compañía de amigos, como los que disfruto solo, aprovechando para divagar y limpiar la mente.

Una de las últimas veces que salí fui testigo de una escena entrañable. Como se había hecho de noche, corría por un sendero iluminado por luz artificial; casi sin darme cuenta, me topé con una pareja de novios cuyos integrantes no tendrían más de diecisiete años. Habían elegido un buen sitio para dar rienda suelta a su intimidad: en medio del sendero, rodeados por vegetación, junto a un riachuelo y bajo una farola cuya luz titilaba.

Eran bellos los dos: él, con su corte de pelo a lo marine, tan a la moda, se encontraba desparramado sobre el banco mientras ella, con una cuidada melena se postraba ante él como a horcajadas sobre sus rodillas. Vi, incluso, cómo una de las manos de él se amarraba a la cintura de ella. En esos breves segundos que duró mi travesía ante ellos, no pude evitar recordar tiempos pasados en los que la gente de mi generación, en esas edades, aprovechábamos cualquier contexto propicio para disfrutar de la compañía de nuestro primer amor. Me vi a mí mismo reflejado en ellos y una sensación de ternura se abrió entre mis poros, sudorosos por el esfuerzo físico.

No obstante, cuando ya los dejaba atrás y la luz parpadeante ya no era más que un rumor a mi espalda, me di cuenta de que en aquella escena bucólica se había colado un intruso. De pronto, coitus interruptus, todo el romanticismo se fue al garete, todas mis reminiscencias se esfumaron porque allí, entre la chica más popular del instituto y el chico más popular del instituto se había colado algo.

Un móvil.

Y es que la otra mano de Calisto (la que no se aferraba a la cintura de Melibea) sostenía a aquella máquina. A decir verdad, no puedo asegurar que fuera él quien lo esgrimiera; pudo ser ella, pero al caso es lo mismo, pues de lo que sí me acuerdo es que ambos miraban embelesados la pantalla que, de pronto, brillaba más que la farola; ahora lo sé: celosa, quejicosa, y por eso intermitente.

La decepción fue mayúscula y se quedó en mí todo el camino de vuelta al gimnasio. Poco a poco volvían a mí los recuerdos de juventud; cada zancada me traía un detalle de aquellos tiempos en los que los primeros amores, más o menos verdaderos, exigían de nosotros toda la atención del mundo; cuando pasábamos larguísimas tardes a solas con la otra y la otra era lo único que veíamos. En aquellas tardes que parecían siglos y que aprovechábamos para desplegar, uno a uno, todos nuestros encantos, rebuscábamos en nuestro interior para sacar lo mejor de nosotros, lo que habíamos aprendido o atesorado antes, en el pasado, en toda nuestra vida, todo aquello que no estaba disponible en ese momento (a través de una pantalla o a golpe de clic), sino que teníamos que rescatar y entonces sí, por fin, cobraba sentido: las frases de Tagore, las películas independientes, los chistes de los amigos, las primeras canciones de Dover, las anécdotas de los primos, las letras de Carnaval, los acertijos y los trabalenguas y los juegos picantes.

No suelo ser de esos que piensan que cualquier tiempo pasado fue mejor y tampoco estoy seguro de qué haría hoy si, como por arte de magia o de la película Big, me reencarnara ahora en el chico más popular del instituto. Pero al menos sé que mi yo de entonces no habría permitido que ningún intruso se entrometiera en mis asuntos, que ningún secundario le robara los planos a los besos robados de mi primer amor.

10 tipos de libros de los que no podrías desprenderte

Mi entrada anterior acababa con una pregunta que me ha dejado pensando toda esta semana. ¿De verdad hay libros propios de los que podemos prescindir sin remordimientos? ¿Qué libros de los que pueblan una biblioteca personal son susceptibles de ser entregados en un mercado como aquel? O, más bien, son susceptibles de ser regalados, sin más.

Mi amiga Doro regala los libros después de leerlos. Todos. Lo cierto es que esta no parece una práctica demasiado extendida: la mayoría de lectores que conozco cogen cierto cariño a aquellos libros que ya han pasado a formar parte de algún estante de sus casas. Pero yo mismo llevé varios ejemplares al mercado de trueque de libros y no me considero menos fetichista que la mayoría de ellos. Así que me he visto obligado a pensar en qué criterios hay que seguir para elegir libros que entregar o regalar y lo que me ha salido es justamente lo contrario: los tipos de libro que no podría llevar a un mercado de este tipo, ni regalar a nadie.

Allá va una lista, como esas que triunfan en Internet:

  1. Los libros que aún no he leído y quiero leer.
  2. Los que me han dedicado: ya sea el mismo autor o la persona que me lo ha regalado.
  3. Los libros que significan algo para mí o que me han regalado personas especiales o en circunstancias especiales. En esta categoría entran también los libros de mi infancia.
  4. Los que forman parte de una colección que llegué a completar: por puro emperramiento, no quiero que después del volumen 17 vaya el 19.
  5. Los libros cuyas ediciones resultan especialmente bonitas o únicas.
  6. Los libros que hablan bien de mis gustos o proyectan una buena imagen de mí mismo: incluso en el caso de que no los haya leído o no tenga intención alguna de hacerlo.
  7. Los libros que me prestaron y siguen en mi estantería: existe una especie de deuda con la persona que me los prestó, que no se pagará hasta que los devuelva.
  8. Los poemarios y las obras de teatro. (Vale, estos pueden responder a una manía mía).
  9. Los de autores noveles o poco conocidos. Primero, por solidaridad (les compré el libro, ¿tendré la poca vergüenza ahora de regalarlos?); segundo, porque no quiero perder la oportunidad de decir que yo fui de los primeros que los descubrieron si se hacen famosos.
  10. Mis libros. No vaya a ser yo el que se hace famoso… Aquí incluiría también los libros con los que me documenté o que fueron útiles para mejorar como escritor y me siguen siendo útiles (como, por ejemplo, libros sobre el arte de escribir).

Esta es mi lista personal. ¿Coincide con la tuya? ¿Qué otros tipos de libros se quedarían en tu biblioteca si tuvieras que hacer una criba?

Trueque de libros

Quisieron los hados que el mismo día, el sábado pasado, un amigo comentara en Facebook sus adquisiciones en una jornada de trueque de libros y yo mismo asistiera por primera vez a un acto de ese tipo. Se celebraba el fin de semana pasado el VII Mercado de Trueque de Libros de Vitoria; a pesar de que ya iba por la séptima edición, esta ha sido la primera vez que he podido asistir.

Si no habéis estado nunca os recomiendo que lo probéis: las bibliotecas municipales de Álava ponen tres mil libros en circulación y, a partir de ahí, cualquiera puede acercarse con un máximo de tres obras bajo el brazo, con objeto de intercambiarlas por otras que les interesen más en ese momento. La organización prohíbe solo libros de texto, atlas, obras seriadas y tomos sueltos de enciclopedias. En cambio, aceptan gustosamente toda obra más literaria y establecen dos categorías: los publicados antes del año 2000 y los que salieron a la luz después.

Si te gustan los libros, la experiencia es sin duda satisfactoria. Cuando llegas, entregas tus libros y te dan sendos tiques para que bucees entre aquellos de tu categoría (antes o después del 2000) y te lleves los que más te convengan. El sábado por la tarde me acerqué con cuatro novelas rosas que figuraban por casualidad en mi biblioteca y que estaban en perfecto estado, y me traje un libro de Lorenzo Silva, otro de Javier Marías, una novela de temática gayAmphitryon, de Ignacio Padilla. Los de la organización me permitieron cambiar cuatro libros, aunque la norma dictaba un máximo de tres.

00001 libros

Con la excusa de enseñarle el Mercado a mi pareja, volvimos el domingo, esta vez con siete libros que pronto convertimos en siete tiques. Había mucha más gente y tuvimos que hacer cola, pero la sensación de acechar el tesoro era la misma, si bien eran más numerosos los enemigos, esto es, el resto de lectores, con sus empujones y sus prisas. En la foto he puesto todo mi botín: Ángela Vallvey, Vargas Llosa, Pirandello, Millás, Isabel Allende, Javier Cercas y Benítez Reyes.

Si puedo, al año que viene repetiré la experiencia. Siempre hay libros propios de los que puedes prescindir… ¿o no es tan fácil?

Uñas

_Nail_, de Toshiyuki Imai

Esta mañana, nada más levantarme, me he cortado las uñas. Es curioso: hay épocas en las que crecen más rápido, como ahora; en mí, esas épocas coinciden con las etapas en las que ando más activo en la escritura, como si las uñas detectaran la actividad de mis dedos sobre la máquina de escribir, como si sufrieran el exceso de trabajo. Las uñas son esas compañeras pesadas que insisten en aparecer en nosotros, de nosotros, y siguen haciéndolo siempre, por más que sajemos su intrépida tozudez. Yo conozco bien a algunas de mis uñas. Tengo, por ejemplo, a García Lorca y a García Márquez en la mano izquierda; mientras, Vargas Llosa y Benedetti brotan una y otra vez de la derecha. No crecen todas al mismo tiempo; hay momentos en que tengo que cortar casi de raíz a Benedetti, porque se me envalentona en la derecha, y otros en los que basta una lima para meter a Lorca en vereda. A medida que pasa el tiempo voy conociendo mejor a mis uñas: sospecho que una de ella es Nick Hornby, aunque también puede ser Paul Auster (todavía no he conseguido discernir si su acento es británico o americano). A otras imagino que las conoceré más adelante, cuando sus voces vayan imponiéndose, elevándose sobre el tintineo de las teclas, cuando sus huellas vayan trazando surcos más evidentes en mí. Cuando me arañen. En cualquier caso, estoy muy agradecido a mis uñas, a todas ellas, las ya conocidas y las todavía inéditas. En estos tiempos convulsos, valoro su lealtad sobremanera. Dicen que las uñas siguen tecleando —quiero decir, creciendo— a dos metros bajo el suelo.

Son inmortales, las uñas.

Vivir de alquiler es tirar el dinero

Me gusta vivir de alquiler. Sé que hacerlo, para algunas personas, es un error intolerable: tirar el dinero, obviar el futuro, convertirse incluso en un perdedor. Pero yo estoy convencido de esta rebeldía.

Llevo viviendo de alquiler desde los 19 años. Y lo que me queda. Es cierto que la cualidad de estudiante alejaron de mí la estabilidad económica y, por ende, la propensión a la vivienda en propiedad, aunque no menos cierto es que entre los diferentes homúnculos que me pueblan, hay uno un poco jipi, que me lleva con fuerza a su terreno cada vez que la vida me pone en bandeja la tentación de comprar.

Si hubiera adquirido un piso a los 19 años, como tantos otros hicieron en plena burbuja, habría perdido la oportunidad de compartir piso con tantas personas peculiares y cruciales para mí, como aquel campeón alemán de kárate, el revolucionario sevillano, la diseñadora francesa, el japonés amable, mi primer novio o los alegres escoceses cuyo acento no entendía. Entre mis recuerdos, no habría tantas fiestas con los vecinos (siempre cambiantes), sesiones de espionaje ante ladrones de bares o maltratadores presuntos, visitas de familiares o familiares de compañeros, disputas con los arrendadores con malafollá, partidas a juegos de mesa alemanes, cría de cobayas o semillas mexicanas, aprendizajes de misterios televisivos o trapicheos casi siempre teóricos o enseñanzas de la historia o debates políticos o lecturas en grupo o ensayos en serio o amores en serie.

Podría tener una casa ahora, estable, perfecta, mía desde los cimientos a la piel. Pero entonces no habría vivido nunca en un loft, o en una calle que se llama Silencio o en otra que se llama Platón. Y no habría sabido lo que es la periferia, el tranvía, las vistas al Veleta, el viento demasiado en las ventanas, la preocupación por lo que se deja atrás, la alegría por lo que se descubre después. Podría tener una casa ahora, estable, perfecta, mía desde los cimientos a los ladrillos que, verdes como el dinero, mirarían con envidia la vida llena de vida que habría podido llegar a ser.

vivir

Cristina Gálvez, prologuista de Mentiráforas

Mi relación con la escritora Cristina Gálvez es casi de cuento.

Por poco, no llegamos a coincidir en el curso de relato breve que organizaban la Casa de Porras y el escritor Miguel Ángel Cáliz. Digo por poco, porque ella hubo asistido a la primera edición del curso y yo a la segunda, pero eso no obstó para que nos conociéramos en el pequeño —aunque mágico— mundo del relato granadino. Compartimos aparición en algunas revistas, como aquellos facsímiles De taller, que editaba el propio Miguel Ángel y, más tarde, fuimos seleccionados para participar en el curso de relato breve impartido por Andrés Neuman. En este, cada día se hablaba de un par de cuentos elegidos de entre aquellos que habían sido aportados por los propios alumnos; ¿adivinan con quién me tocó compartir día? Exacto. Andrés eligió nuestros cuentos para hablar del punto de vista y llamó la atención sobre cómo el cuento de Cristina estaba narrado desde «el punto de vista de un hombre» y el mío, «desde el punto de vista de una mujer». Recuerdo que en ese taller fue donde empezó a fraguarse una relación de amistad (literaria, pero no solo eso) con la estupenda escritora Cristina Gálvez.

Esta foto la he sacado de Traspiés

Nuestro momento de gloria mutuo llegó también de la mano de Miguel Ángel Cáliz, quien nos había ofrecido la publicación de una selección de nuestros cuentos en su recién inaugurada editorial. Cáliz había publicado un estupendo libro de relatos de otro de sus antiguos alumnos, Ignacio Hormigo, y quería darnos también la oportunidad a nosotros, esta vez con una publicación pensada como un mano a mano. El libro, que incluía ocho cuentos de Cristina y seis míos, se publicó en otoño de 2002 y pronto agotó su primera tirada. Los nervios de las primeras presentaciones, el reparto de ejemplares a amigos y conocidos, la aparición en los primeros medios de comunicación, las reseñas, la radio… El libro se llamó Afinidades. Fue nuestra primera vez, y todo aquello lo aprendimos juntos.

Pasaron los años, pero eso no hizo que perdiéramos el contacto. De vez en cuando nos enviábamos nuevos cuentos y ejercíamos, cada uno del otro, la labor de revisor implacable, aquel que te señala los pequeños errores que eres incapaz de detectar tú mismo cuando te sabes el cuento de memoria. Yo me fui de Granada por razones laborales, y solo volví cuando Cristina me pidió, en 2008, que ejerciera de anfitrión en la presentación de su siguiente libro de relatos, el fantástico Monstruos cotidianos. Publicado por Traspiés, el libro, que ha recibido extraordinarias críticas (véase, por ejemplo, esta reseña o esta), supuso la confirmación de Cristina Gálvez como escritora de relatos. Ella tuvo la generosidad de que fuera yo —un yo con la tesis hasta las orejas, un yo nada literario— quien la presentara en la mítica tarde del 31 de octubre de 2008, en la Casa de los Tiros. Pasamos un fin de semana inolvidable.

Por todo lo que he escrito hasta ahora, no ha de extrañar que, una vez que supe que mis juguetonas Mentiráforas iban a ver la luz en la forma de libro, pensara en Cristina Gálvez como prologuista. Además de por razones sentimentales, era la opción más sensata pues, desde hace varios años, ella ha estado leyendo y dándome opinión sobre las versiones embrionarias de estos cuentos que van a ver la luz muy, muy pronto, al igual que yo he estado leyendo y dándole opinión sobre sus monstruos cotidianos y otros cuentos, inéditos, que estoy seguro que acabará publicando también muy, muy pronto.

Su prólogo, ya lo leeréis en su totalidad, es hermoso y certero. Cristina sabe lo que me ha costado estructurar estos cuentos: la ingeniería que hay detrás, la complejidad de sus niveles, el esfuerzo que he puesto en cada metáfora. Ella habla de las costuras de los cuentos, de su inevitable sabor a mentira y del encuentro (probablemente fortuito) con lo verdadero. Para muestra de su generosidad, baste un botón:

 Las mentiráforas, hermosas fábulas posmodernistas, nos llevan a dudar hasta de nuestra propia sombra, porque puede ser que descubramos de pronto que no es ella la que nos sigue, sino al revés.

Muchas gracias, Cristina.

Teníamos + portadas

En mi piso de estudiante universitario no faltaba un ejemplar de El Jueves en el cuarto de baño. Lo compraba un compañero, que era de los que dedicaban largos lapsos de tiempo a sus abluciones, pero terminábamos echándole un ojo todos los que vivíamos allí. Recuerdo que en la revista había un par de páginas en las que los editores mostraban las portadas que podrían haber sido; decían algo así como «Teníamos + portadas». Pues bien, eso mismo es lo que voy a hacer en la entrada de hoy.

Yo también tenía más portadas para Mentiráforas. Desde el principio quería contar con una imagen de Cecilio Sánchez Tomás, que es un fotógrafo a quien admiro pero que, además, es casi miembro de mi familia, y por eso le propuse a él directamente si se atrevía a sacar una foto de una de esas torres de la luz que, en los días de tormenta, con el cielo oscurecido, lleno de nubarrones, parecen acecharnos como si tuvieran vida propia. Hay partes en el libro en las que se habla de la pareidolia, ese fenómeno por el que advertimos figuras humanas y gestos en objetos, montañas, nubes, etcétera, y esa es la razón por la que me decantaba por un poste de la luz que pareciera un Godzilla. El problema es que la editorial apremiaba y teníamos poco tiempo.

Cecilio consiguió sacar algunas fotos en los pocos días que le di; el problema es que este año el comienzo del otoño ha sido más bien un «veroño», con días largos, claros y calurosos. Así, las fotografías, aunque muy interesantes (me gusta especialmente la que muestra varias torres en hilera sobre un cielo rosáceo, crepuscular), creo que no consiguieron el efecto de transmitir la idea que yo tenía en la cabeza para el libro. No obstante, tenía un plan B.

El pase de diapositivas requiere JavaScript.

Hace ya varios años, Cecilio Sánchez presentó una colección fotográfica sobre porterías, propuesta que tuvo bastante repercusión. Yo recordaba haber visto la mayoría de las fotos y haberme quedado prendado de una de ellas en las que aparecía una portería pintada sobre la pared. Me pareció que una portería pintada sobre la pared evocaba mejor el concepto de mentiráforas (aunque ya me extenderé sobre este tema en otra entrada de este blog). Cecilio, un dechado de generosidad, me envió todas las fotos que podían encajar en esta idea y aquí mostraré las que no han sido elegidas finalmente.

El pase de diapositivas requiere JavaScript.

Hay un par de fotos en las que las líneas de la portería no están demasiado claras y, por ello, no se transmite de una manera diáfana el concepto deseado. La otra foto fue una especie de bonus track de Cecilio: no es una portería pintada sino dos árboles cuyas ramas, al unirse, forman una portería. Me resultaba un concepto muy original también pero, a pesar de que algunos amigos la señalaron como favorita, yo seguía encontrando más hermosa la idea de la portería pintada en la pared.

En breve estará listo el libro, con su portada/portería. Llegado el momento la mostraré por aquí, para que pueda verse la foto que ha ganado esta singular competición y para que todos podáis opinar sobre la elección final: ¿habré acertado?

Del concepto de Mentiráfora

Vengo a hablar de mi libro. Dedicaré esta entrada y las siguientes a presentar el nuevo proyecto que verá la luz muy pronto: el libro de relatos que he titulado Mentiráforas.

La idea se me ocurrió hace varios años, cuando todavía estaba estudiando en Granada. En los Estudios de Doctorado, había una clase en la que nos enseñaban qué era para la Psicología Cognitiva el concepto de «resolución de problemas». Para ilustrarlo, utilizaron una analogía basada, a su vez, en el juego de la Torre de Hanói (que utilizaría yo también en mi libro, de otra manera, para escribir uno de los cuentos). Me pareció, nunca mejor dicho, un juego muy complejo: para explicar un concepto (la resolución de problemas), utilizaban una historia situada en Hanói, que a su vez era el nombre de un problema de lógica.

Imagino que en aquellas clases que se impartían en el entonces recién estrenado edificio de posgrado de la Facultad de Traducción, en algún momento se me ocurrió unir aquel juego complejo de varios niveles a la idea del cuento moderno. Y es que en alguno de los talleres sobre relato breve a los que asistí en Granada aprendí que el cuento de los últimos dos siglos suele tener dos historias: una, la que se va desarrollando desde el principio y otra, la que aparece al final, a modo de sorpresa casi siempre, y que da profundidad y significado a la primera. Así es como funciona el cuento de Borges, Cortázar, Onetti, Iwasaki o Neuman, entre otros.

El escritor novato que acababa de publicar su primer libro de cuentos, mano a mano con Cristina Gálvez (Afinidades), creyó en ese momento que podía dar un pasito más en su siguiente obra e intentar que sus relatos no tuvieran solo dos niveles, sino tres, que no solo hubiera una sorpresa en cada cuento (una verdad que aparece al final y convierte lo anterior en una mentira) sino también una especie de marco o metáfora que, sugerida en el título, diera una tercera lectura al relato. De ese modo nació la idea de las mentiráforas, mitad mentiras, mitad metáforas.

Al fin y al cabo, lo que estaba haciendo era descubrirme a mí mismo la intertextualidad y utilizarla de manera explícita para guiar a quien tuviera el libro en sus manos hacia una lectura alternativa de cada cuento. Pero eso no lo sabía entonces.

Y es que uno aprende también a partir de lo que escribe.

Mil bufones

Somos mil bufones. Se nos presupone buen ánimo y predisposición para el alboroto y la jarana. Sonreímos. En público hacemos gala de nuestra destreza con los malabares. Mil bufones somos. Sonriamos. En la fiesta ocupamos el mismo epicentro. Ocupámoslo. Llenamos con palabras el vacío agotador, da igual el carácter de estas (las palabras), lo importante es que figuren, que posen, que entretengan. Y no somos menos, qué va, en el mundo de las redes. Digamos, decimos, diremos. Un poquito de cinismo por aquí, subámonos al monociclo, un poquito de sarcasmo por allá. Deseando que nos quieran somos mil bufones. Con la cara pintada. Con el alma pintada. Que se oiga en todas partes nuestra risa enfurecida. Somos faro a nuestro pesar. Somos juglar. Tatatachán. Publicamos un libro por entregas, gratuito. Hagamos un vídeo con nuestro recital. Cascabel. Un grajeo continuo, chistes, comentarios, megustas, tesigos, sígueme, quiéreme. Cascabel. Somos mil bufones desconfiados. Nos miramos por la punta de la lengua. Nos decimos por la espalda. Nos clavamos un cuchillo por el rabillo del ojo. Somos mil bufones absurdos. Cascabel.

Yamíquemedaqueelreyyanosedivierteconnosotros…

'Jester', de themidnyteryder83